Los dos demonios en guerra (de llamas)
Cuando Ernesto Sábato redactó el prólogo al informe final que emitió la CONADEP lo hizo desde su mirada de intelectual moderado y moralista. Por ese motivo dice algo así como que en la década de 1970 hubo una guerra entre dos bandas terroristas, una de izquierda y otra de derecha, que arrastró en su locura a un gran número de personas inocentes que estaban en el medio y de espaldas a ambos grupúsculos. Moralmente quizás tenga razón, pero políticamente es más difícil avalar esta interpretación: Argentina tiene una larga historia de amargo combate entre el movimiento popular y los diversos grupos oligárquicos que han frustrado su triunfo, por lo que no es descabellado sostener que la represión de aquella época fue parte de un perverso plan de lucha y control de un sector de la población activo y combativo, que utilizó como excusa a los criminales que reclutaban jóvenes cínicos o ilusos para llevarlos a morir a través de las armas.
Ahora bien, comenzamos resaltando este asunto sólo para rescatar esa imagen tan feroz (no la política sino la moral): imaginemos a dos demonios jugando una violenta partida de ajedrez con un montón de inocentes que hacen de las diversas piezas. Esto es lo que, básicamente, sucede en la actual Internet argentina.
En efecto, los millones de usuarios del país nos vemos sometidos a tolerar una guerra 2.0 entre agentes del gobierno y de la oposición. El potencial ilimitado para el aprendizaje, la socialización y el desarrollo de la personalidad que encarna la Internet se encuentra trivializado en estas latitudes culpa de dos bandas rivales que se cruzan donde sea que hayan blogs o foros en los que se pueda escribir a favor o en contra de la administración Kirchner. El recurso por el que pelean es el más valioso de la red –pues es, a su vez, la razón de ser de la misma–: la información.
Ambos grupos, si bien no pueden manipular la información, se esfuerzan para que los que no pertenecen a ningún bando la asimilen como a ellos les conviene. Desde este punto de vista se nota que son los típicos flamers: ni los partidarios del gobierno ni los partidarios de la oposición que debaten incansablemente en cada espacio que pueden van a aceptar sus respectivas derrotas en las discusiones, pues lo que a ellos les importa es ganar la opinión del tercero. Es decir, millones de internautas argentinos son igualmente subestimados por la oposición y el oficialismo quienes los consideran mentes vírgenes a las que se les puede introducir una idea que sea favorable a sus intereses: eso es hacer propaganda, que es un arma tan o más peligrosa que la publicidad. Entre los monólogos que se entrelazan sin abrirse a los otros, aparecen muchísimas personas dispuestas a leer los argumentos para ser influenciadas por los mismos. Pero también hay un enorme número de usuarios a los que les importan muy poco los fuegos cruzados, pero que aún así –y lamentablemente– son arrastrados por la guerra de los otros. Como buenas víctimas colaterales, millones de argentinos nos terminamos llevando la peor parte de una contienda que no nos pertenece.
La batalla por la opinión pública
Recientemente el diario Miradas al Sur publicó un artículo en donde denuncia que una empresa de publicidad llamada “La Ese” se encontraría desarrollando una campaña en Internet a favor del grupo Clarín. Concretamente la empresa liderada por Carlos Souto estaría, según el diario leal al gobierno, “sembrando violencia simbólica en las versiones digitales de los medios”.
La razón por la que Miradas al Sur aborda el tema es más que evidente: quien lea todos los días los comentarios que atestan los inboxes de los sitios webs de los principales diarios del país o escuche cada tanto los llamados de los oyentes de las radios más influyentes de la república notará de inmediato que, en promedio, son más las opiniones que están en contra del gobierno que las que están a favor. A primera vista pareciera ser que hay un mayor grupo de gente que prefiere que el actual gobierno no continúe en el poder después de 2011 –un hecho que se confirmó en las urnas durante las elecciones de 2009, en donde el gobierno terminó defendiendo la idea de que el 30% del país estaba con ellos y el 70% en contra de ellos, aunque dicha medición se instaló sólo con el recuento de votos de provincia de Buenos Aires; es probable que la cifra sea un tanto menor. Ahora bien, según Miradas al Sur el grueso de esos comentarios anti-K (por no decir todos) no representan una alianza espontánea de gente de derecha, de izquierda, del nacionalismo populista, de anarquistas o de independientes que coinciden en el rechazo común a la gestión del gobierno, sino que –según el pasquín que defiende a los Kirchner– todo ese inconformismo proviene de un ejército de blogueros y telemarketers pagados por el grupo Clarín y capitaneado por el publicista Carlos Souto, un personaje nefasto que estuvo detrás de las campañas electorales de De la Rúa, Menem, Cobos y de Narváez.
Lo que hacen en Miradas al Sur es darle a la oposición un poco de su propia medicina: en el imaginario popular de los usuarios argentinos de Internet (y de los oyentes de radio) está instalada la idea de que cualquiera que opine a favor del gobierno es un empleado pago o un militante rentado. No obstante a esa idea no la instaló la oposición sino los propios “comandos digitales” kirchneristas.
Cuando empezaron a aparecer un montón de internautas que decían haber estado en España especializándose en el desarrollo de tecnologías de comunicación política para la aplicación en la web 2.0, se dejó entrever que los gastos de éstos no habían corrido por cuenta de su partido, sino por parte del Estado. No tiene nada de malo que los partidos políticos inviertan en su organización y en la capacitación de sus militantes, pues es algo que está contemplado en el artículo 38 de la Constitución Nacional y, supuestamente, contribuye al mejoramiento de la cultura democrática en el país. Más aún, según la Constitución el Estado mismo debe colaborar con fondos públicos para asegurar el correcto funcionamiento de las estructuras partidarias. Empero en este caso no se habla de partido sino más bien de facción partidaria: sólo gente leal a Kirchner pudo viajar a Europa, y al poco tiempo retornaron convertidos en los infames “blogueros K”.
Dentro de ese escenario de internautas a favor del gobierno lo primero que intentaron hacer fue crear una blogósfera con la mayor cantidad de espacios para infiltrar propaganda K entre medio de sus opiniones triviales sobre música, literatura o televisión (en otro momento habría que ocuparse de la estética común de este grupo: una moda orientada a revivir la cultura de la década de 1970). Luego, tras crear sus propios blogs y sus propias revistas, empezaron a desparramarse a través de las redes sociales –especialmente en Facebook, una red social que es promovida tanto por el oficialismo como por la oposición, lo que confirma que hay poderes más arriba a los que les interesa muchísimo la expansión de este medio entre la población local. De cualquier modo, en esa instancia, los internautas K eran inofensivos. Javier Noguera, un tucumano, se publicitaba a través de la propaganda negra, vendiéndose como “el Padrino” de los internautas kirchneristas, como el mayor cerebro 2.0 de la Argentina, como –en definitiva– el Carlos Souto del oficialismo.
En 2008 estalló el conflicto entre el gobierno y los productores rurales ocasionado por la oposición de estos últimos a la política impositiva establecida por las máximas autoridades del gobierno. Fue el momento de los internautas K para demostrar su verdadera fuerza (en la campaña para las presidenciales de 2007 aquellos ya estaban operativos, pero su acción en aquel momento fue insignificante, puesto que Cristina Fernández ganó gracias a la oposición excesivamente fragmentada –se dijo que Rodríguez Saa se presentó a las elecciones en un arreglo para que San Luís no sufriese después ninguna objeción ni campaña en contra por parte del gobierno– y a la red clientelar bien aceitada mediante la cual permutaban votos por dádivas). Los grandes medios de comunicación, con el grupo Clarín a la cabeza, se inclinaron, junto a la mayoría de la ciudadanía, del lado de los agricultores. Consiguientemente la pelea se desplazó a otro ámbito, y nació la dicotomía gobierno versus “corporación mediática”.
Los internautas K denunciaron algo que ya se sabía y que hasta ese momento pocos decían: lo pernicioso de la “clarinización” de la cultura nacional y la necesidad de revertir la tendencia. Rápidamente surgió la idea de generar una red de medios paralelos, supuestamente transparentes y democráticos, que derribase al Grupo Clarín. A simple vista parecerían un conjunto de ciudadanos cansados de las manipulaciones mediáticas, pero observados más de cerca podrían verse los hilos finísimos que conducirían a las manos de sus amos: los testaferros del gobierno kirchnerista.
Sin embargo la puesta en marcha, el crecimiento y la asimilación por parte del público de esa red hubiese llevado demasiado tiempo, por lo que todo el proyecto se abortó y se optó por una medida más directa: invadir, como un ejército de trolls, los espacios ya existentes. A partir de entonces todos los recursos fueron redireccionados con ese fin. Y es desde ese momento en que cualquier lector de la versión on-line Clarín, La Nación, Perfil, El Argentino, La Gaceta de Tucumán, La Voz del Interior de Córdoba, etc. tiene que tolerar presenciar un combate de estupidez debajo de cada artículo a favor o en contra del gobierno.
Recientemente el diario Miradas al Sur publicó un artículo en donde denuncia que una empresa de publicidad llamada “La Ese” se encontraría desarrollando una campaña en Internet a favor del grupo Clarín. Concretamente la empresa liderada por Carlos Souto estaría, según el diario leal al gobierno, “sembrando violencia simbólica en las versiones digitales de los medios”.
La razón por la que Miradas al Sur aborda el tema es más que evidente: quien lea todos los días los comentarios que atestan los inboxes de los sitios webs de los principales diarios del país o escuche cada tanto los llamados de los oyentes de las radios más influyentes de la república notará de inmediato que, en promedio, son más las opiniones que están en contra del gobierno que las que están a favor. A primera vista pareciera ser que hay un mayor grupo de gente que prefiere que el actual gobierno no continúe en el poder después de 2011 –un hecho que se confirmó en las urnas durante las elecciones de 2009, en donde el gobierno terminó defendiendo la idea de que el 30% del país estaba con ellos y el 70% en contra de ellos, aunque dicha medición se instaló sólo con el recuento de votos de provincia de Buenos Aires; es probable que la cifra sea un tanto menor. Ahora bien, según Miradas al Sur el grueso de esos comentarios anti-K (por no decir todos) no representan una alianza espontánea de gente de derecha, de izquierda, del nacionalismo populista, de anarquistas o de independientes que coinciden en el rechazo común a la gestión del gobierno, sino que –según el pasquín que defiende a los Kirchner– todo ese inconformismo proviene de un ejército de blogueros y telemarketers pagados por el grupo Clarín y capitaneado por el publicista Carlos Souto, un personaje nefasto que estuvo detrás de las campañas electorales de De la Rúa, Menem, Cobos y de Narváez.
Lo que hacen en Miradas al Sur es darle a la oposición un poco de su propia medicina: en el imaginario popular de los usuarios argentinos de Internet (y de los oyentes de radio) está instalada la idea de que cualquiera que opine a favor del gobierno es un empleado pago o un militante rentado. No obstante a esa idea no la instaló la oposición sino los propios “comandos digitales” kirchneristas.
Cuando empezaron a aparecer un montón de internautas que decían haber estado en España especializándose en el desarrollo de tecnologías de comunicación política para la aplicación en la web 2.0, se dejó entrever que los gastos de éstos no habían corrido por cuenta de su partido, sino por parte del Estado. No tiene nada de malo que los partidos políticos inviertan en su organización y en la capacitación de sus militantes, pues es algo que está contemplado en el artículo 38 de la Constitución Nacional y, supuestamente, contribuye al mejoramiento de la cultura democrática en el país. Más aún, según la Constitución el Estado mismo debe colaborar con fondos públicos para asegurar el correcto funcionamiento de las estructuras partidarias. Empero en este caso no se habla de partido sino más bien de facción partidaria: sólo gente leal a Kirchner pudo viajar a Europa, y al poco tiempo retornaron convertidos en los infames “blogueros K”.
Dentro de ese escenario de internautas a favor del gobierno lo primero que intentaron hacer fue crear una blogósfera con la mayor cantidad de espacios para infiltrar propaganda K entre medio de sus opiniones triviales sobre música, literatura o televisión (en otro momento habría que ocuparse de la estética común de este grupo: una moda orientada a revivir la cultura de la década de 1970). Luego, tras crear sus propios blogs y sus propias revistas, empezaron a desparramarse a través de las redes sociales –especialmente en Facebook, una red social que es promovida tanto por el oficialismo como por la oposición, lo que confirma que hay poderes más arriba a los que les interesa muchísimo la expansión de este medio entre la población local. De cualquier modo, en esa instancia, los internautas K eran inofensivos. Javier Noguera, un tucumano, se publicitaba a través de la propaganda negra, vendiéndose como “el Padrino” de los internautas kirchneristas, como el mayor cerebro 2.0 de la Argentina, como –en definitiva– el Carlos Souto del oficialismo.
En 2008 estalló el conflicto entre el gobierno y los productores rurales ocasionado por la oposición de estos últimos a la política impositiva establecida por las máximas autoridades del gobierno. Fue el momento de los internautas K para demostrar su verdadera fuerza (en la campaña para las presidenciales de 2007 aquellos ya estaban operativos, pero su acción en aquel momento fue insignificante, puesto que Cristina Fernández ganó gracias a la oposición excesivamente fragmentada –se dijo que Rodríguez Saa se presentó a las elecciones en un arreglo para que San Luís no sufriese después ninguna objeción ni campaña en contra por parte del gobierno– y a la red clientelar bien aceitada mediante la cual permutaban votos por dádivas). Los grandes medios de comunicación, con el grupo Clarín a la cabeza, se inclinaron, junto a la mayoría de la ciudadanía, del lado de los agricultores. Consiguientemente la pelea se desplazó a otro ámbito, y nació la dicotomía gobierno versus “corporación mediática”.
Los internautas K denunciaron algo que ya se sabía y que hasta ese momento pocos decían: lo pernicioso de la “clarinización” de la cultura nacional y la necesidad de revertir la tendencia. Rápidamente surgió la idea de generar una red de medios paralelos, supuestamente transparentes y democráticos, que derribase al Grupo Clarín. A simple vista parecerían un conjunto de ciudadanos cansados de las manipulaciones mediáticas, pero observados más de cerca podrían verse los hilos finísimos que conducirían a las manos de sus amos: los testaferros del gobierno kirchnerista.
Sin embargo la puesta en marcha, el crecimiento y la asimilación por parte del público de esa red hubiese llevado demasiado tiempo, por lo que todo el proyecto se abortó y se optó por una medida más directa: invadir, como un ejército de trolls, los espacios ya existentes. A partir de entonces todos los recursos fueron redireccionados con ese fin. Y es desde ese momento en que cualquier lector de la versión on-line Clarín, La Nación, Perfil, El Argentino, La Gaceta de Tucumán, La Voz del Interior de Córdoba, etc. tiene que tolerar presenciar un combate de estupidez debajo de cada artículo a favor o en contra del gobierno.
¿Just don't look?
En un episodio de los Simpson unos muñecos gigantes que conformaban parte de letreros y carteles publicitarios callejeros cobran vida y, convertidos en monstruos gigantes, comienzan a destruir Springfield. La pequeña Lisa se contacta con Paul Anka, un músico especialista en jingles, e inventan una canción que decía algo así como “si quieres acabar con los monstruos en un santiamén, simplemente no los mires”. Ese es el mejor consejo para acabar con aquellos cuya opinión nos importa un bledo: ignorarlos.
Empero en el acto de ignorar a alguien se está renunciando a la lucha. Y el conflicto yace en que cualquier usuario de Internet, como ciudadano que es, no puede (o no debe) permanecer pasivo, especialmente ante los temas que más lo afectan, dentro y fuera de la red. Quizás en los asuntos banales que solamente involucran a un número limitado de personas, uno si pueda consentir el ignorar a un troll, pero en cuestiones que afectan al bien común y que ponen en jaque al futuro de la Internet no se puede estar pasivo.
Es decir, por más que a uno no le interese la práctica corrupta de la política que se hace pasar por una actividad seria y relevante, uno no puede renunciar a la Política. La independencia del pensamiento no implica la neutralidad del mismo, de hecho es todo lo contrario. Por ello, para no quedarnos reducidos a ser un simple consumidor a merced de las diversas compañías que se disputan los mercados y tienden a construir monopolios, hace falta cultivar convicciones en este ámbito.
En un episodio de los Simpson unos muñecos gigantes que conformaban parte de letreros y carteles publicitarios callejeros cobran vida y, convertidos en monstruos gigantes, comienzan a destruir Springfield. La pequeña Lisa se contacta con Paul Anka, un músico especialista en jingles, e inventan una canción que decía algo así como “si quieres acabar con los monstruos en un santiamén, simplemente no los mires”. Ese es el mejor consejo para acabar con aquellos cuya opinión nos importa un bledo: ignorarlos.
Empero en el acto de ignorar a alguien se está renunciando a la lucha. Y el conflicto yace en que cualquier usuario de Internet, como ciudadano que es, no puede (o no debe) permanecer pasivo, especialmente ante los temas que más lo afectan, dentro y fuera de la red. Quizás en los asuntos banales que solamente involucran a un número limitado de personas, uno si pueda consentir el ignorar a un troll, pero en cuestiones que afectan al bien común y que ponen en jaque al futuro de la Internet no se puede estar pasivo.
Es decir, por más que a uno no le interese la práctica corrupta de la política que se hace pasar por una actividad seria y relevante, uno no puede renunciar a la Política. La independencia del pensamiento no implica la neutralidad del mismo, de hecho es todo lo contrario. Por ello, para no quedarnos reducidos a ser un simple consumidor a merced de las diversas compañías que se disputan los mercados y tienden a construir monopolios, hace falta cultivar convicciones en este ámbito.
De víctimas colaterales a dueños de la red
Lo más preocupante de lo publicado por Miradas al Sur no es que el Grupo Clarín gaste su dinero en la contratación de una empresa que ofrece servicios de marketing político para realizar una campaña en los principales medios no kirchneristas. Ni tampoco interesa demasiado que la empresa opere en secreto o que contrate a su personal en negro, pues el Estado también emplea prácticas similares (en ese sentido es como que una prostituta se escandalice porque otras mujeres cobren por sexo). Lo que si afecta por igual a todos los usuarios de Internet del país es el empeño de los redactores de Miradas al Sur (y, por tanto, del gobierno kirchnerista) por demoler el anonimato en la red. En Miradas al Sur plantean la cuestión como si un “grupo de tareas” –que bien podría ser el Batallón 601 o la CIA– estuviese llevando a cabo una tarea ilegal al realizar inteligencia a favor del Grupo Clarín. Quizás en el fondo sea envidia de no poder contar con un equipo versátil y mejor organizado que influye en la opinión pública de un modo más eficaz que sus “guerrillas electrónicas”. En realidad ello importa poco si uno no pertenece a alguno de los dos bandos. Lo que si importa a quienes estamos en medio y de espaldas a ambos grupúsculos es que seremos arrastrados por su locura.
El argumento que sostienen en el pasquín kirchnerista es digno de la manipulación retórica que hacen en “6, 7, 8” (el destacado es nuestro): “a la hora de hacer un comentario en algunas de las páginas de Internet de los diarios, los honrados ciudadanos que ejercen su derecho a la libre expresión deben completar un formulario donde se pide nombre y apellido, DNI, teléfono y dirección entre otros datos de rigor. Pues bien, quienes trabajan en esta usina destinada a intoxicar la comunicación, falsean identidades para efectuar la tarea de mostrarse indignados ante 'la prepotencia gubernamental' cuando en realidad son sólo mensajeros de creativos publicitarios pagados por los grandes medios.” Este planteo equivale a decir “un ciudadano honesto no debe oponerse a que un policía lo detenga arbitrariamente en la calle y le exija que se identifique”, o equivale también a sostener que “a las villas hay que cercarlas con alambrados y muros, demandándole que registren sus datos y se sometan a cacheo a todos los que entran o salen del lugar”.
En este debate hay que distinguir a la dinámica que rige en el mundo cotidiano y a la que lo hace en el mundo virtual. En este aspecto hay mucha discusión sobre si la Internet debe ejercer su propia lógica –tomando en cuenta el hecho de que el mundo digital altera la ontología sobre la que normalmente se construye el derecho– o si debe renunciar a su potencial revolucionario en el campo de la educación, el comercio, la cultura y las comunicaciones y adaptarse a la lógica del mercado y a la sociedad del espectáculo.
Si el gobierno desea que los foristas y blogueros opinen con seriedad, en lugar de obligarlos a registrar su comentario junto al número de DNI deberían intentar convertir a la política en una actividad seria, esto es, en una actividad transparente, participativa, dialógica y autocrítica. Dejen que el delito de opinión, la persecución por la expresión de las ideas, la prisión por trolling y las mordazas sean patrimonio exclusivo de los Estados totalitarios.
El argumento que sostienen en el pasquín kirchnerista es digno de la manipulación retórica que hacen en “6, 7, 8” (el destacado es nuestro): “a la hora de hacer un comentario en algunas de las páginas de Internet de los diarios, los honrados ciudadanos que ejercen su derecho a la libre expresión deben completar un formulario donde se pide nombre y apellido, DNI, teléfono y dirección entre otros datos de rigor. Pues bien, quienes trabajan en esta usina destinada a intoxicar la comunicación, falsean identidades para efectuar la tarea de mostrarse indignados ante 'la prepotencia gubernamental' cuando en realidad son sólo mensajeros de creativos publicitarios pagados por los grandes medios.” Este planteo equivale a decir “un ciudadano honesto no debe oponerse a que un policía lo detenga arbitrariamente en la calle y le exija que se identifique”, o equivale también a sostener que “a las villas hay que cercarlas con alambrados y muros, demandándole que registren sus datos y se sometan a cacheo a todos los que entran o salen del lugar”.
En este debate hay que distinguir a la dinámica que rige en el mundo cotidiano y a la que lo hace en el mundo virtual. En este aspecto hay mucha discusión sobre si la Internet debe ejercer su propia lógica –tomando en cuenta el hecho de que el mundo digital altera la ontología sobre la que normalmente se construye el derecho– o si debe renunciar a su potencial revolucionario en el campo de la educación, el comercio, la cultura y las comunicaciones y adaptarse a la lógica del mercado y a la sociedad del espectáculo.
Si el gobierno desea que los foristas y blogueros opinen con seriedad, en lugar de obligarlos a registrar su comentario junto al número de DNI deberían intentar convertir a la política en una actividad seria, esto es, en una actividad transparente, participativa, dialógica y autocrítica. Dejen que el delito de opinión, la persecución por la expresión de las ideas, la prisión por trolling y las mordazas sean patrimonio exclusivo de los Estados totalitarios.
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